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antigüedades

 
     
  Denominación históricamente aplicada al legado físico del mundo griego y romano y, en especial, a las obras conservadas de escultura y arquitectura, que han constituido para los artistas posteriores una fuente de inspiración, un reto y un canon de perfección. Dichos restos nunca han desaparecido totalmente, y rara vez han sido despreciados. A lo largo de la Edad Media, se repitieron formas de adorno o de vestido que recuerdan a las clásicas, pero fue en el Renacimiento italiano cuando la recuperación de la Antigüedad como nueva Edad de Oro del pasado se convirtió en un ideal deliberado. Los escritos de Ghiberti, por ejemplo, atestiguan su admiración por las estatuas clásicas y los camafeos, y buena parte de la obra de Donatello hubiera sido impensable sin un profundo estudio del arte de la Antigüedad. Vasari atribuía en no escasa medida la perfección lograda por la generación de Leonardo, Miguel Ángel y Rafael al descubrimiento de las famosas piezas clásicas de la colección Vaticana, en especial el Apolo Belvedere y el Laocoonte (encontrado en 1506), aunque fue principalmente la siguiente generación, y en especial los visitantes del norte de Europa (por ejemplo Heemskerck), quienes se sintieron sistemáticamente atraídos por las antigüedades clásicas. Hacia mediados del siglo xvi, el papel desempeñado por lo clásico en la formación de los artistas estaba ya firmemente asentado. Giovanni Armenini daba ya una lista de figuras clásicas «canónicas», entre ellas el famoso Torso Belvedere, y dichas obras figuraban en forma de grabados, vaciados y copias en todos los estudios de los artistas. La justificación filosófica de esa dependencia de los modelos clásicos fue plasmada en el célebre discurso de Bellori, Idea, en el que proclamaba que en la estatuaria clásica se daba la revelación de una belleza absoluta que había sido descubierta en tiempos y para siempre (véase IDEAL). Para los seguidores de la doctrina académica, cada uno de los grandes modelos clásicos (a los que hoy habría que añadir el Hércules Farnese, el Guerrero Borghese, la Venus de Medici y el Fauno Barberini) representaba un tipo de físico que podía servir de norma permanente para el artista. Y la influencia de la Antigüedad no se restringía a aquellos artistas cuya obra era más obviamente clásica (tales como Poussin). Bernini, por ejemplo, dirigiéndose a la Académie en París en 1666, afirmaba: «En mi tierna juventud saqué mucho provecho de las figuras clásicas, y cuando me vi en dificultades con mi primera estatua, me volví hacia el Antínoo como si fuera un oráculo.» La veneración por lo clásico tuvo un renovado florecimiento cuando el movimiento Neoclásico reaccionó contra las frivolidades de la moda Rococó. En oposición a sus primeras ideas, Winckelmann predicó su creencia de que los artistas clásicos habían evitado deliberadamente representar las pasiones extremadas, y consideraba que las antigüedades no eran tanto una fuente de fórmulas expresivas como un modelo de noble moderación. La autoridad de lo clásico decayó ante los embates del Romanticismo, con su insistencia en la expresión propia; pero su influencia no ha cesado, ni mucho menos. El dibujo a partir de vaciados de esculturas clásicas sigue siendo una asignatura básica en la enseñanza oficial del arte en el siglo xx, y Picasso, por ejemplo, se sirvió con frecuencia del arte clásico como fuente de inspiración: en particular, sus pinturas «neoclásicas» de la década de 1920 deben mucho a sus visitas al Mus. Arqueológico de Nápoles. Antinoo. Representación escultórica del hermoso joven que fue favorito del emperador Adriano. Tras ahogarse Antínoo voluntariamente en el Nilo cuando acompañaba al emperador, en 130 d.C., su nombre se vio rodeado de una romántica leyenda, y el afligido Adriano quiso perpetuar su memoria de manera esplendorosa. Fundó una ciudad en Egipto a la que dio el nombre de Antinópolis, le deificó, erigió templos en memoria suya y le honró en fiestas solemnes. Antínoo fue representado frecuentemente en esculturas, a veces como Apolo o Dionisos, y se han conservado diversos ejemplares, aunque la identificación no siempre es cierta y en algunos casos se ha dado el nombre de «Antínoo» a estatuas de jóvenes bellos y agraciados. Especialmente famosas son el Antínoo del Belvedere, de mármol de Paros (Mus. Vaticanos), que era considerado como uno de los cánones de la belleza masculina (para la opinión de Bernini sobre la estatua, véase ANTIGÜEDADES), y un relieve (Villa Albani, Roma) procedente de las excavaciones de la Villa de Adriano en Tívoli en 1735. Este relieve fue uno de los más valiosos tesoros del cardenal Albani, y era considerado por Winckelmann como una de las obras estelares del arte clásico.  
 

 

 

 
 
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