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Bernini Gianlorenzo

 
     
  (1598 - 1680). Escultor, arquitecto y pintor italiano; es la figura más destacada del Barroco italiano. Su padre, Pietro (1562-1629), fue escultor manierista de cierto renombre, activo en Nápoles y posteriormente en Roma, por lo que Gianlorenzo le debe no sólo su primera formación en el trabajo del mármol, sino también su introducción en los círculos de importantes mecenas, como los Borghese y los Barberini, que en seguida fomentaron y utilizaron su genio creador. Para el cardenal Scipione Borghese realizó una serie de estatuas de tamaño natural, en que demostró un virtuosismo increíblemente precoz en el dominio del material, y con cuyo movimiento y vigoroso dramatismo llevó a cabo una ruptura total respecto a las vigentes tradiciones tardomanieristas. A esta serie pertenecen Eneas, Anquises y Ascanio (16181619), El rapto de Proserpina (1621-1622), David (1623) y Apolo y Dafne (1622-1625), todas ellas en la Gal. Borghese de Roma. Tras la elección de Maffeo Barberini como papa Urbano VIII (1623), Bernini se convirtió en el principal artista de la corte pontificia y de Roma. En 1629 fue nombrado arquitecto de San Pedro, donde realizó el gran baldaquino sobre el altar mayor (1624-1633), y la enorme estatua de san Longino (1629-1638) para una de las hornacinas de los grandes pilares del crucero. Sin embargo, a la muerte de Urbano en 1644, Bernini cayó en desgracia, en parte debido a su fracaso en la construcción de las torres laterales de San Pedro, pero también por los diferentes gustos artísticos del nuevo papa, Inocencio X (1574-1655), que favoreció a Algardi, rival de Bernini. Durante el papado de Inocencio X, Bernini trabajó principalmente para clientes privados. La Capilla Cornaro de Santa Maria della Vittoria, con el famosísimo grupo en mármol del Éxtasis de Santa Teresa, data de ese período (16451652); es comparativamente una obra menor, pero un ejemplo excelente de las propuestas y los logros de Bernini en la fusión de arquitectura, escultura y pintura en una magnífica unidad decorativa. No obstante, Bernini hizo algunas obras para Inocencio X, entre ellas la Fuente de los cuatro ríos (1648-1651) de la Piazza Navona. Es ésta la más famosa y espectacular de las fuentes de Bernini; con ellas y con sus edificios y estatuas en la ciudad, fue el artista que más contribuyó a la configuración de la imagen de Roma. Tras la muerte de Inocencio en 1655 y la ascensión de Alejandro VII (1599-1667), Bernini recuperó el favor papal. Por encargo del nuevo papa, realizó la decoración del ábside de San Pedro con el grupo de los Padres de la Iglesia sosteniendo la Cathedra Petri contra un fondo ilusionista que, cuando se contempla, como el artista pretendía, entre las columnas del baldaquino, resulta intensamente dramático. Tanto esta obra como la gran columnata que rodea la piazza fueron comenzadas por Bernini en 1656. En 1665, Luis XIV llamó a Bernini a París para construir el ala oriental del Louvre, pero su proyecto fue abandonado en favor de un diseño francés, y el viaje (que había hecho de mala gana) no tuvo éxito. Regresó a Roma en 1666 y continuó su gran actividad hasta su muerte. Las obras religiosas tardías muestran una gran intensidad espiritual, reflejando su propia devoción privada (Beata Lodovica Albertoni, 1671-1674, San Francesco a Ripa, Roma). Como arquitecto, realizó importantes edificios religiosos y seculares en su última época, destacando el Palazzo ChigiOdescalchi (comenzado en 1664), que tuvo enorme influencia en el diseño del palacio barroco en toda Europa, y Sant' Andrea al Quirinale (1658-1670), iglesia de pequeñas dimensiones pero una de sus creaciones más sofisticadas en la riqueza del ornamento arquitectónico y escultórico para la configuración de un escenario apropiado a los misterios de la fe católica. Junto a los grandes monumentos escultóricos y arquitectónicos, Bernini ejecutó muchos retratos de busto, contándose entre los más bellos el de su esposa Costanza Buonarelli (h. 1645), en el Bargello de Florencia, y el de Luis XIV (1665), en Versalles. Además de haber sido intérprete oficial del papado en su período de mayor dominio político, Bernini fue también una mente brillante, escritor de comedias, caricaturista y pintor cuyas obras, realizadas por su propio placer, son de tal calidad que las pocas conservadas (entre ellas, varios autorretratos) han sido a veces atribuidas a Velázquez. El propio Bernini predijo certeramente que tras su muerte, su fama declinaría. Para el gusto neoclásico, sus planteamientos escultóricos eran anatemas; para Ruskin, en el siglo xix, parecía «imposible llegar a una mayor aberración del gusto y bajeza de sentimientos»; y, por su parte, para los defensores de la idea de «la verdad de los materiales» en el siglo xx, aparecía como «el Anticristo personificado», según palabras de su más distinguido apologista, Rudolf Wittkower. Sólo muy recientemente ha recuperado un prestigio comparable al que tuvo en vida, como el más grande escultor desde Miguel Ángel y uno de los gigantes de la arquitectura barroca.  
 

 

 

 
 
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