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Caravaggio Michelangelo Merisi da

 
     
  (1571-1610). El más original e influyente pintor italiano del siglo xvii, que toma su apellido de su villa natal, próxima a Bérgamo. Su temprano conocimiento de las obras de Lotto, Savoldo y los venecianos, fue más influyente que su formación con Simone Peterzano, un mediocre discípulo de Tiziano. Hacia 1592 estaba en Roma; pueden distinguirse dos fases en su estancia romana: un primer período experimental (h. 1592-1599), y un período de madurez (1599-1606), en que lleva a cabo varios encargos importantes. Las obras tempranas son generalmente pequeños cuadros de temas no dramáticos, con figuras de medio cuerpo, una preponderancia de los bodegones y un abierto carácter erótico homosexual, como, por ejemplo, el Baco joven (h. 1595, Uffizi, Florencia) y el Muchacho con una cesta de fruta (h. 1595, Gal. Borghese, Roma). Progresivamente, sus figuras van adquiriendo mayor plasticidad, articuladas con más claridad y pintadas con ricos y profundos colores y sombras fuertemente acentuadas (Cena de Emaús, h. 1598-1600, NG, Londres). El segundo período romano comienza con un encargo (probablemente conseguido a través de su primer mecenas notable, el hedonista cardenal Francesco Del Monte) para la capilla Contarelli en San Luis de los Franceses (Vocación de san Mateo y Martirio de san Mateo, 15991600), donde el extraordinario progreso de Caravaggio en la composición, la acción dramática y la ejecución fue conseguido tras un gran esfuerzo de trabajo, como han puesto de manifiesto los análisis radiográficos de las pinturas. El cuadro del altar, San Mateo y el Ángel, fue rechazado porque se consideró que no guardaba el «decoro» debido, pero fue comprado por el marqués Vincenzo Giustiniani, uno de los más importantes mecenas de Roma, que también financió su sustituto. (El primer cuadro estuvo en Berlín, pero fue destruido durante la Segunda Guerra Mundial; el sustituto se conserva aún in si-tu. Ambos fueron pintados en 1602.) Mientras tanto, Caravaggio estaba ya empeñado en su segundo gran encargo público: dos pinturas para la capilla Cerasi de Santa Maria del Popolo (Crucifixión de san Pedro y Conversión de san Pablo, 1600-1601), que asombran por la economía de sus elementos, la fuerza de su visión pictórica y la novedad en la forma de ver los temas tradicionales. Las pinturas de la capilla Contarelli y la capilla Cerasi cambiaron la trayectoria de la obra de Caravaggio, porque en adelante se dedicó casi exclusivamente a las obras religiosas de gran formato, entre las que se cuentan la Virgen de los Palafreneros (1605, Gal. Borghese, Roma) y La muerte de la Virgen (1605-1606, Louvre, París). Estas dos pinturas fueron también rechazadas por problemas de decoro e incorrección teológica. A pesar de esta incomprensión para con su obra, Caravaggio no careció de poderosos partidarios y sus pinturas rechazadas encontraron rápidamente compradores seculares. El tempestuoso carácter de Caravaggio provocó frecuentes escándalos, y en 1606 huyó de Roma tras haber matado a un hombre en una reyerta provocada por una apuesta en un partido de pelota; pasó los cuatro últimos años de su vida errante entre Nápoles, Malta y Sicilia, para regresar de nuevo a Nápoles. Continuó pintando grandes composiciones religiosas en un estilo nuevo, despojado de todo elemento superfluo: poco color, escasa materia, reemplazando el drama en masa y movimiento de las últimas obras romanas por la contemplación y el emotivo silencio. Destacable entre éstas es la Degollación de san Juan Bautista (1608, catedral de La Valetta, Malta), obra de suprema fuerza trágica. Caravaggio no había cumplido aún los cuarenta años cuando murió de malaria en el camino de regreso a Roma, donde esperaba obtener el perdón, pero sus obras tienen todas las inefables cualidades de un genio ya anciano. Su corta pero intensa actividad es notable por su rápido desarrollo, y por su impacto en toda la pintura europea. No tuvo discípulos, pero sí una legión de seguidores (los caravaggistas), y su obra, junto con la de Carracci, hizo revivir la pintura italiana sobre la nebulosa irrealidad del arte manierista de los últimos años del siglo xvi. Caravaggio continuó siendo un nombre famoso durante todo el siglo xvii, pero fue considerado por muchos como «un genio maléfico» (en palabras de Vicente Carducho, escritas en 1633), cuya influencia en otros artistas era perniciosa. El interés por Caravaggio declinó en el siglo xviii ( Reynolds no lo menciona en sus Discursos), pero se revitalizó a mediados del siglo xix. En este momento podía pensarse que su rechazo de la belleza ideal tenía la ventaja de mostrar la verdad, aunque todavía había quienes, como Ruskin, veían en él «la perpetua búsqueda y aliento del horror y la fealdad, y la obscenidad del pecado». La investigación histórica seria sobre él comenzó en los primeros años del siglo xx, momento desde el que ha concentrado una enorme cantidad de comentarios y especulaciones de la crítica, hasta el punto de que Ellis Waterhouse ha escrito que «podría disculparse si un lector inocente de la literatura histórico-artística supusiera que su lugar en la historia de la civilización se sitúa en importancia aproximadamente entre Aristóteles y Lenin».  
 

 

 

 
 
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