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Término aplicado a pintores que imitaron el estilo de Caravaggio a principios del siglo xvii. Los métodos de Caravaggio, particularmente su enfático uso del claroscuro, ejercieron una extraordinaria influencia en Roma en la primera década del siglo xvii, tanto en los pintores italianos como en artistas de otros países, que confluían en la que era entonces la capital artística de Europa. Su fama fue ya difundida en 1603, cuando Karel van Mander, en Haarlem, escribía sobre «Michelangelo da Caravaggio, que está haciendo cosas extraordinarias en Roma». Entre los más prominentes caravaggistas italianos pueden incluirse Orazio Gentileschi, uno de los pocos seguidores que tuvo contacto personal con el maestro, y Bartolommeo Manfredi, que popularizó escenas de taberna y de soldadesca, temas que el propio Caravaggio nunca pintó. En Nápoles, adonde Caravaggio se trasladó en 1606, Caracciolo, Artemisia Gentileschi y Ribera, español de nacimiento, aseguraron que el estilo tuviera sólidas raíces. En Roma, el caravaggismo cayó en desgracia en la década de 1620, pero persistió en otros lugares de Italia, y en otras partes de Europa, especialmente en Sicilia (que Caravaggio visitó), Utrecht y Lorena, donde persistió hasta la década de 1650. Baburen, Honthorst y Terbrugghen fueron los tres artistas más importantes que hicieron de Utrecht el centro del caravaggismo holandés; en Lorena, George de La Tour desarrolló la que tal vez puede considerarse la interpretación más personal y poética del estilo. Pocos grandes pintores asumieron el lenguaje caravaggista a lo largo de toda su carrera; algunos, como Guido Reni, coquetearon brevemente con él, mientras para otros, como Honthorst (que llegó a ser retratista de corte) supuso un cambio de trayectoria. Sin embargo, el caravaggismo fue un fenómeno de gran importancia, y sus ecos pueden encontrarse en la obra de varios de los gigantes del arte del siglo xvn: Rembrandt, Rubens y Velázquez. |
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