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Ingres Jean-Auguste-Dominique

 
     
  (1780-1867). Pintor francés, nacido en Montauban, hijo de un pintor y escultor menor, Jean-Marie-Joseph In-gres (1755-1814). Después de recibir un primer aprendizaje académico en la Academia de Toulouse, viajó a París en 1796 y fue condiscípulo de Gros en el taller de David. Ganó el Prix de Rome en 1801 con una pintura histórica neoclásica, titulada Los embajadores de Agamenón (École des Beaux-Arts, París), que recibió el elogio de Flaxman. Dada la situación económica de Francia, no le concedieron la beca acostumbrada para viajar a Roma hasta 1807. Durante este intervalo, Ingres realizó sus primeros retratos, que se pueden clasificar en dos grupos: retratos de sí mismo y de sus amigos, concebidos en un espíritu romántico (Gilibert, 1805, Mus. Ingres, Montauban) y retratos de acaudalados clientes, que se caracterizan por la pureza de línea y una textura de color similar al esmalte (Mlle. Riviére, 1805, Louvre, París). Estos primeros retratos destacan por sus líneas caligráficas y expresivos contornos, que poseen una belleza sensual por sí mismos, independientemente de su función de contener y delinear formas; se trata de un rasgo que formaría la base esencial de la pintura de Ingres durante toda su vida. Durante los primeros años que pasó en Roma, Ingres continuó realizando retratos y empezó a pintar bañistas, tema que se convirtió en uno de sus favoritos (La bañista de Valpincon, 1808, Louvre, París). Al acabar sus cuatro años de beca, continuó en Roma, ganándose la vida principalmente con retratos a lápiz de miembros de la colonia francesa. No obstante, también recibió encargos más sustanciosos, entre los que se incluyen dos cuadros decorativos para el palacio de Napoleón en Roma (Triunfo de Rómulo sobre Acrón, 1812, École des Beaux-Arts; y El sueño de Osián, 1813, Museo Ingres). En 1820 se trasladó a Florencia, donde permaneció durante cuatro años, trabajando fundamentalmente en su rafaelesco Voto de Luis XIII, encargo para la catedral de Montauban. La obra de Ingres había recibido a menudo severas críticas en París a causa de sus distorsiones «góticas»; cuando llevó dicho cuadro al Salon de 1824, él mismo quedó sorprendido de verse aclamado y calificado de adalid de la oposición académica al nuevo Romanticismo. (La matanza de Quíos, de Delacroix, tildada por Gros de «la matanza de la pintura», fue expuesta en el mismo Salón). Ingres residió en París durante los diez años siguientes y obtuvo el éxito y los honores oficiales que siempre había ansiado. Durante ese período dedicó mucho tiempo a la ejecución de dos grandes obras: La apoteosis de Homero, para un techo del Louvre (instalado en 1827), y El martirio de san Sinforiano (Salón de 1834) para la catedral de Autun. A pesar del mal recibimiento de este último cuadro, Ingres aceptó la dirección de la Escuela Francesa en Roma, cargo que desempeñó durante siete años. Fue un modelo de administrador y de profesor, realizando grandes mejoras en las instalaciones de la Escuela, aunque pintó pocas obras importantes en aquel período. Regresó a Francia en 1841, aclamado de nuevo como defensor de los valores tradicionales del arte. Al morir su esposa en 1849 quedó destrozado, si bien se casó felizmente de nuevo en 1852 y continuó trabajando con gran energía hasta bien entrado en los ochenta años. Una de sus mejores composiciones, de extraordinaria sensualidad, El baño turco (1863, Louvre) la realizó en los últimos años de su vida. A su muerte, Ingres dejó un enorme legado (varios cuadros y más de cuatro mil dibujos) a su ciudad natal de Montauban; el museo que lleva su nombre en dicha ciudad alberga en la actualidad todas esas obras. Ingres es un artista enigmático y su carrera está llena de contradicciones. Estuvo obsesionado, en mayor grado que la mayoría de los artistas, por un número limitado de temas, a los que volvió una y otra vez durante un largo período de tiempo. Fue un burgués con las limitaciones de una mentalidad burguesa; pero, como señaló Baudelaire, sus mejores obras «son producto de una naturaleza profundamente sensual». La contradicción fundamental de su carrera es que, aunque aclamado como guardián de las reglas y preceptos clásicos, lo que le convirtió en un gran artista fueron sus obsesiones y maneras personales. Su técnica pictórica fue académicamente impecable -solía decir que la pintura debería ser lisa «como la piel de una cebolla»-, y, sin embargo, fue atacado a menudo a causa de las expresivas distorsiones de sus dibujos; los críticos afirmaban, por ejemplo, que la espalda anormalmente larga de La Gran Odalisca (1814, Louvre) tenía tres vértebras de más. Desgraciadamente, la influencia de Ingres se ha visto principalmente en esos defectos y debilidades que se han dado en considerar rasgos distintivos de las obras académicas inferiores. Tuvo numerosos discípulos, aunque sólo Chassériau sea digno de mención. Respecto a sus extraordinarias dotes caligráficas, sus auténticos sucesores son Degas y Picasso.  
 

 

 

 
 
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