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Manet Édouard

 
     
  (1832-1883). Pintor y artista gráfico francés. Era hijo de un magistrado del Ministerio de Justicia, y heredó en 1862 una fortuna considerable a la muerte de su padre (que desaprobaba su dedicación a la pintura). Su procedencia de la clase media alta fue importante, pues aunque se le consideró artista rebelde y fue rechazado, siempre buscó el éxito y los honores tradicionales, y tenía una figura impecable de paseante burgués. Entró en el estudio de Couture en 1850 y permaneció en él como alumno durante seis años. Su propio estilo pictórico, de todas formas, se basó en el estudio de los antiguos maestros del Louvre, especialmente pintores españoles como Velázquez (su mayor ídolo artístico) y Ribera, más que en la educación clásica de las escuelas. Durante la década de 1850 visitó museos de los Países Bajos, Alemania, Austria e Italia, y una de las ironías de la trayectoria de Manet es que un pintor que tanto reverenciaba el arte del pasado, fuera tan atacado por su modernidad. La primera muestra de su desgracia frente a lo oficial, le vino cuando su primer envío al Salon -El ajenjo (1859, Ny Carlsberg Glyptothek, Copenhague)- fue rechazado. Le aceptaron dos cuadros en 1861, pero en 1863 Déjeuner sur l'herbe (Mus. d'Orsay, París) causó un escándalo; le fue devuelto por el Salon y fue expuesto, en cambio, en el recién establecido Salon des Refusés, abierto precisamente para los cuadros rechazados. Su recepción hostil se basó en motivos tanto morales como estéticos, pues el desnudo sólo se consideraba aceptable si estaba lo suficientemente alejado en el tiempo o el espacio, y éste mostraba a una mujer desnuda merendando con dos hombres contemporáneos vestidos. Manet causó aún mayor escándalo cuando su Olimpia (1863, Mus. d'Orsay) fue expuesta en el Salon; la figura desnuda reclinada estaba basada en la Venus de Urbino de Tiziano (que Manet había copiado en Florencia diez años antes), pero su descarada sexualidad fue considerada una afrenta a las pautas de decoro establecidas, y un crítico escribió: «El arte que ha caído tan bajo no merece ni reproches». Manet también fue denunciado por la audacia de su técnica, en la que eliminaba las delicadas gradaciones tonales de la práctica académica y creaba vivos contrastes de luz y sombra: «Las sombras están indicadas por manchas de negro más o menos grandes», escribió otro crítico. «La menos hermosa de las mujeres tiene músculos, huesos, piel, y algo de color. Aquí no hay nada.» A partir de entonces, Manet se encontró en contra de su voluntad convertido en líder de la vanguardia. Era miembro respetado y admirado del grupo de jóvenes impresionistas, entre ellos Monet, Renoir, Bazille, Sisley y Cézanne, que se reunían en el café Guerbois y otros lugares. Pero a pesar de la admiración que inspiraba, Manet se mantuvo algo apartado del grupo (aunque le gustaba ir a las carreras con Degas, que también procedía de la clase media alta) y no participaba en las exposiciones impresionistas. Sin embargo, Manet sí adoptó la técnica pictórica al aire libre de los impresionistas (convencido por Berthe Morisot, que se convirtió en su cuñada en 1874), y su obra se liberó y se iluminó en la década de 1870 por influencia de aquéllos. A finales de esa década, Manet enfermó de un mal diagnosticado como ataxia locomotriz (relacionada con las últimas fases de la sífilis), que le provocaba dolores muy agudos y sumo cansancio. Cada vez se inclinó más por el pastel, que requiere menos esfuerzo físico que el óleo, pero en su último gran cuadro, el maravilloso El bar del FoliesBergére (1882, Courtauld Inst., Londres) se alzó a cimas de brillantez pictórica que ningún otro artista del siglo xix había superado. Murió entre dolores insoportables una semana después de que le fuera amputada una pierna gangrenada. Los honores oficiales por los que había luchado -medalla de 2 clase en el Salon y la Legión de Honor- llegaron demasiado tarde para que los disfrutara. Manet fue un artista polifacético y complejo. Pintó gran variedad de temas (también era un aguafuertista y litógrafo de mérito) y rara vez se repitió. Su forma de actuar carecía completamente de dogmatismos, y era reacio a teorizar; su amigo Émile Zola escribió sobre él: «Al empezar un cuadro, nunca podía decir cómo iba a acabarlo». A pesar de que su obra a menudo produce una sensación de frescura y espontaneidad completas, solía repintar y recomponer a menudo sus cuadros, e incluso cortarlos en trozos. Sus mejores temas son los de la vida moderna (tomaba apuntes constantemente en los bulevares y cafés de París), pero aunque algunos críticos le acusan de carecer de imaginación, de no poder pintar nada si no lo tenía delante, sus cuadros son cualquier cosa menos transcripciones directas del natural. A veces, incluso, son enigmáticos y esquivos, como El bar del Folies-Bergére, y parecen preocuparse más del hecho pictórico que del tema representado. En parte, es en esa libertad respecto a la tradicional vinculación de la pintura con lo literario, anecdótico o moral tradicional donde aparece como uno de los fundadores del «arte moderno».  
 

 

 

 
 
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