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Rembrandt Harmensz van Rijn

 
     
  (1606-1669), Pintor, aguafuertista y dibujante holandés, el artista más grande de su país. Nació en Leiden, donde estudió en una escuela latina y estuvo matriculado durante unos meses en la Universidad, antes de dejarla (h. 1620) para estudiar pintura con el mediocre Jacob van Swanenburgh, con quien trabajó durante unos tres años. Fueron más decisivos para su formación los seis meses que pasó con Pieter Lastman, h. 1624, en Amsterdam. De Lastman tomó no sólo su predilección por los temas mitológicos y religiosos, sino también su manera de tratarlos, con gestos y expresiones dramáticos, efectos intensos de iluminación y un acabado meticuloso y elegante, como en su primera obra fechada, La lapidación de san Esteban (1625, Mus. des Beaux-Arts, Lyon). Houbraken afirma que Rembrandt estudió también con Jacob Pynas y Joris van Schooten (1587-1651), pero sólo pudo ser por poco tiempo, porque en 1625 ya estaba trabajando como maestro independiente en Leiden. Allí estuvo estrechamente asociado con Jan Lievens, y ambos artistas fueron muy elogiados por el erudito y diplomático Constantin Huygens, que los visitó en 1629. Los cuadros de Rembrandt de su período de Leiden (que duró hasta su definitivo establecimiento en Amsterdam en 1631/32) son en su mayoría temas de figura, con frecuencia ancianos representados como filósofos o personajes bíblicos. Hizo también autorretratos y pintó a miembros de su familia, pero hasta 1631 no realizó su primer retrato hecho formalmente por encargo. El modelo era Nicolaes Ruts, un rico comerciante de Amsterdam (Frick Col., Nueva York), y Rembrandt sin duda se dio cuenta de que ahí tenía una receta para el éxito, ya que ese tipo de obra dominó su producción durante sus primeros años en Amsterdam. Fue el período más activo de su carrera, ya que pronto destacó como el principal retratista de la ciudad: casi cincuenta de sus cuadros están fechados en 1632 y 1633 y casi todos son retratos. El más importante, la obra que demostró con mayor claridad su superioridad sobre rivales como Thomas de Keyser, es La lección de anatomía del Dr. Tulp (1632, Mauritshuis, La Haya) que aportó una vitalidad completamente nueva al retrato de grupo. La gran energía de Rembrandt en sus primeros años de Amsterdam se muestra también en sus obras religiosas. El encargo más importante que recibió durante la década de 1630 fue del estatúder príncipe Federico Enrique de Orange (1584-1647), de cinco cuadros que representaran escenas de la Pasión (Alte Pinakothek, Munich); las tendencias barrocas de su obra en esa época están expresadas de manera cada vez más enfática en su sensacional cuadro a tamaño natural El cegamiento de Sansón (1636, Stádelsches Kunstinst., Frankfurt). Rembrandt regaló su pintura a Huygens, que probablemente le había conseguido el encargo del estatúder. El éxito de Rembrandt en la década de 1630 fue tanto personal como profesional. En 1634 se casó con Saskia van Uylenburgh, prima de un marchante de cuadros con quien se había asociado y, a juzgar por los retratos tan sumamente tiernos que hizo de ella, debió ser una unión muy feliz. En 1639 compró una casa imponente (actualmente Mus. Rembrandt), e invirtió con prodigalidad en obras de arte y en todo lo que se le antojaba o le parecía que podía ser provechoso para equiparla: una armadura, trajes antiguos, etc. Sin embargo, la sucesión de muertes infantiles malogró su felicidad doméstica: de los cuatro hijos que le dio Saskia, sólo Titus (1641-1668) -que fue uno de sus modelos favoritos- pudo superar los dos meses de vida. Saskia murió en 1642, y ese mismo año Rembrandt pintó su cuadro más famoso, La ronda de noche (Rijksmus., Amsterdam), que Jakob Rosenberg, en su modélica monografía del artista, llama «un rayo de genio». El título, erróneo, data de finales del siglo xvni, cuando el cuadro quedó tan desmejorado por la suciedad del barniz que parecía una escena nocturna. Su título correcto es La compañía del capitán Frans Banning Cocq y el teniente Willem van Ruytenburch, y constituye la obra culminante en la tradición holandesa de retratos de la guardia cívica (un género especialmente asociado a Frans Hals). Rembrandt mostró gran originalidad al crear un drama pictórico a partir de un acontecimiento vulgar. Para conseguirlo, subordinó los retratos individuales a las exigencias de la composición y, según la leyenda popular, esto disgustó a los personajes que habían pagado por el cuadro, que exigieron a Rembrandt hacer cambios radicales, pintar un nuevo cuadro o que les devolviera su dinero. Se llegó a suponer que la negativa de Rembrandt había originado su caída y le había llevado a la miseria. Sin embargo, no hay base real que justifique esta anécdota, que es una invención del siglo xix; en realidad, hay datos fiables para pensar que su pintura fue bien recibida. Samuel van Hoogstraten escribió, por ejemplo: «Es tan pictórica en concepto, tan valiente en movimiento y tan vigorosa» que parecía que los cuadros junto a los que estaba colgada eran «cartas de la baraja». A pesar de ello, a partir de 1640, el éxito popular de Rembrandt estaba declinando, a medida que cambiaba el sentido de su arte. Se ocupó menos del retrato formal y se centró más en la pintura religiosa, al mismo tiempo que su estilo se volvió menos llamativo y más introspectivo. Este cambio se ha explicado como una reacción ante la muerte de Saskia (y de su madre en 1640), y la religión pudo servirle de consuelo en aquel difícil período. Al mismo tiempo, parte de sus encargos como retratista debieron desviarse hacia discípulos como Bol y Flinck, que tan bien imitaron su estilo. Lo cierto es que Rembrandt estaba cansado de la rutina del retrato y deseaba volver hacia su primera inclinación: la pintura de temas bíblicos. En la década de 1640, Rembrandt también mostró interés por el paisaje, y se ha sugerido que pasó más tiempo en el campo durante ese período para librarse de los problemas domésticos con los que se encontró a la muerte de Saskia. Contrató a una viuda llamada Geertge Dircx como niñera de Titus, la cual demandó a Rembrandt por ruptura de compromiso, cuando su cariño se desvió hacia Hendrickje Stoffels, una criada casi veinte años menor que él que entró en la casa en 1645 aproximadamente. Después de un desagradable proceso, Geertge fue internada en un reformatorio. Hendrickje permaneció con Rembrandt durante el resto de su vida y le dio dos hijos; su hija Cornelia, que nació en 1654, fue la única entre sus hijos que le sobrevivió. Los retratos que Rembrandt hizo de Hendrickje son tan tiernos como los que hizo de Saskia, pero no pudo casarse con ella a causa de una cláusula del testamento de Saskia. Después de volver la espalda a los retratos de moda, su propensión al dispendio le acarreó dificultades financieras, que se agudizaron a principios de 1650. En 1656 fue declarado insolvente; sus colecciones se vendieron y en 1660 tuvo que marcharse de su casa y mudarse a un distrito más pobre de la ciudad. Houbraken dice que «en el otoño de su vida anduvo con gente corriente y como tal practicó su arte», pero su imagen romántica de pobre y solitario ha sido muy exagerada. Continuó siendo una figura respetada que recibía impory 1 nar-t-c le y'rrttf tYiódfaron con Rembrandt, que era técnicamente su empleado, una empresa de arte, recurso que le protegía de sus acreedores. Lo cierto es que, aliviado así de una parte del peso que le agobiaba, Rembrandt pudo recobrar la energía y dejó más pinturas fechadas en 1661 que en ningún otro año desde comienzos de la década de 1630. Entre 1661 y 1662 pintó dos de sus mejores obras: Los síndicos del gremio de pañeros (Rijksmus.) y La conspiración de Claudius Civilis, pintado para el Ayuntamiento de Amsterdam, pero que por razones desconocidas fue retirado en 1663 y cortada una parte (al parecer por el propio Rembrandt); el magnífico fragmento está ahora en el Mus. Nac. de Estocolmo. Los últimos años de Rembrandt se vieron entristecidos por las muertes de Hendrickje en 1663 y de Titus en 1668, pero su arte no se debilitó de ningún modo. Por el contrario, su obra pareció crecer en comprensión humana y en compasión, y sus últimos autorretratos, culminación de una serie incomparable que había empezado cuarenta años antes, le muestran haciendo frente a sus penalidades con la máxima dignidad: la de alguien que Londres y Mauritshuis). A su
muerte, dejó sin terminar Simeón con el Niño Jesús en el Templo (Mus. Nac. de Estocolmo), pero el cuadro que mejor expone su testimonio espiritual es tal vez El regreso del hijo pródigo (h. 1669, Ermitage, San Petersburgo), obra de la máxima ternura y patetismo. La profundidad e intensidad emocional de la obra de Rembrandt corren paralelas a la total maestría expresiva de su técnica. Incluso de joven, cuando el pulido de la superficie y el cuidado del detalle eran habilidades necesarias como retratista de moda, en sus obras más íntimas intentó audaces experimentos utilizando a veces, por ejemplo, el mango del pincel para rascar la pintura. Cuando empezó a pintar más para su propia complacencia, a partir de 1640, su ejecución se hizo mucho más suelta y, según Houbraken, «en los últimos años de su vida trabajaba con tanta rapidez que sus cuadros, cuando se examinaban de cerca, daban la impresión de que habían sido embadurnados con una paleta de albañil». No sólo es la calidad de la obra de Rembrandt la que lo sitúa por encima de todos sus contemporáneos holandeses, sino también su amplitud de registros. Aunque los retratos y la pintura religiosa pesan mucho en su producción, hizo aportaciones muy originales en otros géneros, incluidas las naturalezas muertas (1655, El buey desollado, Louvre, París). Rembrandt fue también un aguafuertista y dibujante prodigioso. Está considerado universalmente como el mejor autor de aguafuertes que haya existido, capaz de representar con unos pocos trazos rápidos el anchuroso espacio de la campiña holandesa, pero igualmente capacitado para reelaborar radicalmente una compleja escena religiosa como Las tres cruces, tal vez diez años después de haberla comenzado en 1653. Sus dibujos los hizo sobre todo como obras independientes más que como estudios para cuadros, y con frecuencia con audaces trazos gruesos de pluma de caña, con la que demostró una maestría insuperable. Rembrandt fue un gran profesor; Gerard Dou se convirtió en su primer discípulo en 1618, y Aert de Gelder, que aprendió con él en la década de 1660, continuó el estilo de su maestro en el siglo xvni. Entre esas dos fechas, Rembrandt formó a nombres tan ilustres como Carel Fabritius (su mejor discípulo), Philips de Koninck y Nicolaes Maes, pero a menudo sus discípulos abandonaron más tarde sus pautas en busca de una popularidad más fácil. Rembrandt siguió teniendo muchos admiradores después de su muerte, y su obra a menudo alcanzó altos precios en el siglo xvui. En general se le consideró como único en el dominio de las luces y las sombras, pero muchos críticos le consideraron un genio imperfecto, cuyo defecto era su «vulgaridad» y falta de decoro. Fue durante la época del Romanticismo, con la idea de que los artistas debían expresar sus más íntimos sentimientos y burlarse de los convencionalismos, cuando su fama empezó a crecer hacia su exaltación suprema actual. En 1851, Delacroix dio a entender que algún día Rembrandt sería considerado como más importante que Rafael, «una gran blasfemia que hará ponerse de punta el cabello de los académicos»; su profecía se hizo cierta al cabo de cincuenta años.
 
 

 

 

 
 
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