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Si se tiene en cuenta lo dicho anteriormente, así como el hecho de que la visión no puede ser interpretada como la percepción de objetos con ciertas propiedades estáticas, sino por el contrario, como la invasión de fuerzas externas que alteran el equilibrio del sistema nervioso, resulta entonces que la tensión existente entre las formas, intrínseca en ellas, hace que éstas se dirijan en la dirección de su eje principal. Por ejemplo, un cuadrado manifiesta una tensión en dirección de sus lados y ángulos; la igualdad de los mismos neutraliza el efecto direccional, cosa que no ocurriría con un triángulo isósceles, el que evidentemente manifiesta su dirección en sentido de flecha (fig. 75 b) |
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